Mucha temperatura arriba más
Vuelve a arder el horno de leña del taller El Tomate, en Rancho Viejo, Veracruz.
Essays are written and published in Spanish.


En casa de una amiga, luego de meterle la lengua a una pieza que salió de mi última quema para checar su porosidad, dije —creo que aguanta mucha temperatura arriba más—. Desvariando todavía, el fuego y el mar comparten ese mismo efecto de ensoñación que abarca la totalidad de uno mismo, dejándote entre anonadado, exhausto e hipnotizado por días.
Conocí el icónico taller El Tomate precisamente cuando había intenciones de volver a echar a andar el horno de leña que llevaba parado varios años, luego de comportarse sospechosamente.
Quemar en horno de leña, en pocas palabras, es volverse combustión.
Quién corta la madera, prende el fuego, lo observa, cuida, alimenta y detiene, somos nosotros mismos. Contrario a los hornos eléctricos, aquí no confiamos en la electricidad para alcanzar altísimas temperaturas, sino en las buenas decisiones y nuestro cuerpo.
Entre seis personas, a lo largo de tres días —uno de preparación, otro de quema y otro de apertura— hicimos equipo con el fuego para hacer crujir el horno, que ya había recibido bastante atención en los últimos meses para este momento.

Alguna vez leí: si se pone atención, de cada quema se aprende algo. Y en la atención colectiva, el aprendizaje se multiplica.
El fuego habla con las mismas palabras: el humo, el rojo, naranja, amarillo y el blanco. Las espirales, el sonido. Las pistas son las mismas, pero cada horno las expresa a su manera. Ayudan los juguetes —pirómetro, conos, reloj, bitácora— a descifrar qué está pasando ahí adentro, para intuir qué hacer afuera.
Durante la quema, que en total duró desde las 6 de la mañana hasta las 2:40 de la tarde (casi 9 horas), los segundos hacían parte de la danza. Aquí el tiempo deja de ser un recurso escaso y se convierte en un ente con el que se baila.
Subir la temperatura no se trataba de echar más leña, pues si no el fuego se ahogaba. Retirar el carbón que iba quedando bajo la parrilla era vital, no solo para permitirle respirar sino para cocinar las berenjenas que nos hizo Max.
Renné y yo alimentábamos cada boca del horno guiadas por el compás del pirómetro que Elsa iba dictando: —vamos bien—. Entre todos hacíamos las preguntas correctas para que llegaran las respuestas que necesitábamos y nos íbamos turnando entre la responsabilidad y el gozo.
Tal vez mi sospecha de que somos un horno es cierta. El calor viene de adentro; ahí algo se está cocinando todo el tiempo, así no lo veamos. Incluso cuando estamos apagados, el vacío conserva la memoria del fuego. Con ayuda del tiempo, nos transformamos.
El reto puede parecer subir de temperatura, pero en realidad el reto es saber cuándo parar. Una vez se encuentra el ritmo, la candela hipnotiza y es fácil querer seguir y seguir, derritiendo adentro lo que ya está bien, convirtiendo los esfuerzos en grietas. Saber parar es más difícil que empezar.
Se me ocurre ahora una imagen algo abstracta. En caso de ser un horno, ¿quién dice “hasta aquí”? Yo soy el horno, soy la leña. Soy quien alimenta, el alimento y la ausencia.
Finalmente, el horno llamado Huehueteótl, se rindió antes que nosotros. El agua de la alberca nos restableció el termostato y entre berenjenas y macadamias, celebramos.
Un honor haber compartido con ustedes, Djahel, Elsa, Renné, Max, Fede. Gracias a todos y —a cada uno de nosotros—.
¡Que se repita!
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