Mientras el agua

El territorio moldea el barro

y el barro nos moldea a nosotros.

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El territorio moldea el barro

Hace poco di una charla sobre barro y territorio, en la casa cultural Morfo, en Coatepec, Veracruz, donde hablé sobre mis viajes a cuatro comunidades alfareras diferentes entre México y Colombia. Este texto es una extensión de esa conversación. Lo que comparto aquí no son certezas, son mis observaciones del viaje como eterna aprendiz.

Una de las materias primas más abundantes del planeta después del agua es el barro. Sin embargo, poco nos hemos detenido a observarlo; incluso apenas lo reconocemos.

¿Qué vemos cuando vemos un trozo de barro? ¿Tierra, mugre? ¿Qué valor le damos?

¿Vemos algo que alguna vez fue mar, montaña o volcán?
¿Vemos una cultura, los inicios de la humanidad y de la agricultura?
¿Vemos una olla, un comal, un juego o incluso la creación del ser humano?

El barro es roca descompuesta durante miles de años, gracias al agua, el viento y el fuego, a través del tiempo. ¿Cómo están integrados los cuatro elementos en nuestra vida y en nuestro cuerpo? ¿Cuál es nuestra relación con el tiempo?

El barro tardó siglos en formarse, pero para el alfarero, o el niño, solo basta mezclarlo con agua para jugar con él. Con escupirle a un trozo de arcilla es suficiente para volverla masa. Pero ¿cómo pasamos de esa melcocha a un jarrón?

El territorio moldea el barro

La alfarería y el fuego fueron las primeras tecnologías del ser humano.

En muchos lugares del mundo los humanos empezaron a trabajar el barro miles de años antes de cultivar la tierra. Por eso la alfarería es una ventana a los comienzos de la humanidad. Esto nos acerca a un tiempo antes del internet, del celular, de Amazon, del microondas, del teflón, de las prisas… hasta antes de cagar en agua.

Visitar comunidades alfareras que llevan trabajando casi la misma técnica desde hace miles de años nos permite habitar esas ventanas con las manos. Habitar otro ritmo con el cuerpo.

Cuando hablamos de estas tradiciones no se trata de pretender que los procesos se mantengan intactos, como en un museo, sino de rescatar los valores con los que se rigen. Aprender de una olla es descubrir una forma de vivir.

Lo que en una comunidad es la norma, en otra no es una necesidad. El clima húmedo y frío que en un lugar es amenaza, en otro no es impedimento. La ceniza que en un lugar es indispensable, en otro simplemente se barre. Lo que en un lado hacen solo las mujeres, en otra parte se integran también los hombres. En cuanto al resultado de lo que moldean, las formas y usos son muy similares, pero cada territorio ofrece una manera única de llegar ahí.

“Recolectar la propia materia prima no es nostalgia, es una voluntad de permanecer en relación. Me da la oportunidad de re-apropiarme de mi humanidad.”
— Luka Andeyro

En Tuaté se encomiendan a la virgen de Tutazá antes de trabajar el barro. Según la cosmogonía del Vaupés, el barro azul que extraen de las orillas del río son los desechos de la boa de donde todos provenimos. En San Marcos Tlapazola extraen el barro en temporada de sequía en los mismos terrenos donde siembran el maíz cuando llueve. En Los Reyes Mezontla cosechan el barro de siete cerros diferentes, uno de cada color, y lo dejan fermentar hasta que sea moldeable.

Los asentamientos de estos pueblos están justo donde consiguen la materia prima. Como si el alfarero fuera una extensión de la mina.

Las herramientas son recursivas: el olote de la mazorca, la jícara, la parte de atrás del cepillo de dientes, un trozo de plástico olvidado. Los talleres hacen parte de la casa. La vida cotidiana se entrelaza con los tiempos del barro y de la comunidad.

Sin el fuego, el barro se puede convertir eternamente en masa si se expone al agua. El fuego lo transforma y lo sella en el tiempo.

Quemar en horno de leña, en pocas palabras, es volverse combustión. Aquí no se confía en un botón para llegar a altas temperaturas, sino en las buenas decisiones, el clima y nuestro cuerpo. Aprender esto para mí, que conocí la cerámica en un contexto urbano, fue altamente sorprendente pues pasé de que me faltara todo para dedicarme a este oficio, a no necesitar más que poner atención y mucha dedicación.

En Tuaté la cocina se vuelve un horno el día de la quema. Literalmente sacan todos los implementos al pasillo para prender una gran hoguera que precaliente las piezas. Una vez amanece, las piezas son “asadas” en un gran nido de baraña y paja.

En San Marcos es el sol quien precalienta las piezas. Con ayuda de fierro viejo se arma un horno que se ajusta a la cantidad de piezas que se va a quemar. Contrario al frenesí de muchas quemas, aquí se entrelaza con ir a moler el maíz, hacer tejate y tortilla caliente.

En el Vaupés el horno se prende lentamente y luego las piezas se ahuman hasta dejarlas negras. En Los Reyes Metzontla le preguntan al viento por dónde empezar para quemar la serpiente de comales.

El barro nos enseña a ver. A confiar en que la naturaleza es abundante. A leer el cielo, el tiempo, el paisaje. Nos enseña el tiempo justo. Nos alimenta tanto el cuerpo como el espíritu.

Al regresar de estos viajes, luego de aprender diferentes maneras de hacer y ser, entendí que no me era posible replicar exactamente esos procesos en mi taller. Lo que me tocaba ahora era observar mi propio territorio: saber dónde estaba el barro, qué necesitaba para no romperse, qué herramientas tenía a la mano, cómo adaptar mis quemas a las estaciones, en qué posición se acomoda mejor mi cuerpo para trabajar, cuál es mi ritmo, el ritmo de aquí, de mi comunidad.

¿Cómo nos enseña el barro a habitar el territorio donde vivimos?

Y no solo el territorio, sino también a nosotros mismos. Habitar no como extranjeros, sino como una extensión del paisaje.

Gracias por acompañarme en este viaje.

Aquí puedes leer más sobre algunas de las comunidades que menciono:
— Los Reyes Metzontla: De barro Somos
— San Marcos Tlapazola, Oaxaca: Laura va a aprender
— Tuaté, Boyacá, Colombia: Un nido de barro y fuego

Y gracias a quienes me abrieron las puertas de sus casas, sus talleres y sus corazones.

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